Una vez más, la violencia se ensaña con quienes arriesgan su vida por la seguridad de la comunidad. Un oficial de policía resultó herido al intentar cumplir con su deber en Gualeguaychú, reabriendo el debate sobre la desprotección y la falta de garantías que enfrentan las fuerzas de seguridad.
Gualeguaychú fue escenario de un nuevo y lamentable episodio de violencia contra la Policía de Entre Ríos. En horas de la tarde, lo que debía ser un procedimiento de rutina, se transformó en un ataque brutal contra el personal de la Comisaría Tercera. Los efectivos se habían dirigido a un domicilio en la intersección de las calles República Oriental y Los Milagros con el simple objetivo de entregar una notificación judicial. Sin embargo, la respuesta que encontraron fue irracional y violenta.
Al intentar notificar a un hombre de 54 años, este comenzó a proferir insultos y amenazas contra los uniformados. La situación escaló rápidamente cuando el individuo extrajo un destornillador de entre sus prendas y, sin mediar palabra, atacó a los efectivos. El blanco principal fue el Oficial a cargo, quien sufrió lesiones en la frente, sobre el ojo y en una de sus manos, producto de los violentos puntazos.
Afortunadamente, la rápida y profesional reacción del personal policial permitió reducir al agresor y evitar una tragedia mayor. El atacante fue aprehendido en el lugar, el arma fue secuestrada y, tras la intervención de la fiscalía de turno, el hombre fue trasladado a la Jefatura Departamental. El oficial herido, luego de recibir atención médica, radicó la denuncia correspondiente.
Pero más allá del procedimiento policial, este hecho nos obliga a hacer una pausa y reflexionar, a hacernos una pregunta que resuena cada vez con más fuerza en la sociedad: ¿Dónde están los derechos humanos para los policías?
Es imperativo entender que detrás del uniforme hay padres, madres, hijos y hermanos. Son ciudadanos que, día a día, salen a la calle sabiendo que pueden no regresar, enfrentándose a un nivel de hostilidad y agresividad que parece no tener límites. Se les exige, con justa razón, un accionar impecable y el estricto cumplimiento de la ley. Sin embargo, cuando son ellos las víctimas, cuando su integridad física y su vida son puestas en riesgo, el silencio aturde.
Pareciera existir una doble vara en la que el accionar policial es escrutado bajo una lupa microscópica, mientras que las agresiones en su contra son minimizadas o justificadas. El caso del oficial de Gualeguaychú no es un hecho aislado, sino un síntoma de un problema estructural que debemos abordar con urgencia.
No podemos permitir que quienes nos protegen trabajen con miedo o sientan que el sistema los abandona. Es hora de brindarles el respaldo institucional, legal y, sobre todo, moral que necesitan. Porque defender los derechos de un policía herido en el cumplimiento de su deber, es defender también la seguridad y la paz de toda nuestra comunidad.
Redacción: Nova Comunicaciones.


