Investigadores del CONICET, la FAUBA y el Ministerio de Desarrollo Agrario bonaerense repatriaron semillas conservadas en Estados Unidos y Europa para multiplicar las cepas de mayor calidad organoléptica en el país.
La queja es recurrente en los centros urbanos: los tomates comerciales lucen impecables, resisten largos traslados y muestran un color homogéneo, pero carecen por completo de gusto y aroma. Lejos de responder a una simple nostalgia, esta pérdida de atributos sensoriales es el resultado directo de décadas de mejoramiento genético enfocado prioritariamente en la productividad masiva, la firmeza del fruto y la durabilidad postcosecha.
Para revertir esta situación, un equipo integrado por la Facultad de Agronomía de la Universidad de Buenos Aires (FAUBA), el CONICET y el Ministerio de Desarrollo Agrario bonaerense (MDA) impulsó un proyecto de rescate genético.
El rescate de semillas en bancos internacionales.
Al intentar recuperar las variedades criollas cultivadas en el país entre 1920 y 1980, los especialistas advirtieron que habían desaparecido de los circuitos productivos y de los reservorios estatales locales tras años de desfinanciamiento. Ante la falta de material nacional, el equipo rastreó colecciones históricas en el exterior.
El investigador del CONICET y la FAUBA, Fernando Carrari, explicó que lograron localizar cerca de 200 materiales originarios de Argentina en el departamento de agricultura de Estados Unidos (USDA) y en un banco de germoplasma de la ex Alemania del Este. Tras completar los trámites de importación, las semillas se reintrodujeron en parcelas experimentales para probar su adaptación agronómica y conformar un nuevo banco universitario.
Catas populares y llegada al territorio.
Con las plantas multiplicadas, el desafío fue medir la aceptación del público. Para evaluar parámetros como dulzor, acidez y aroma, se organizaron catas masivas en la Feria del Productor al Consumidor de la FAUBA, congregando a cerca de 700 personas por jornada.
La transferencia de las cepas seleccionadas al campo real se concretó mediante ensayos en la Estación Experimental Gorina y el trabajo conjunto con el técnico Ignacio Castro (MDA). A través de redes participativas como la plataforma Bioleft, las semillas criollas circulan hoy entre pequeños productores y huerteros para devolverle al fruto su identidad auténtica.
Redacción: Nova Comunicaciones.


