No podemos negar que los argentinos hemos construído una fuerte identidad, sobre todo cuando nos adentramos en nuestros métodos mañosos para obtener algún rédito.
Cada vez que conocemos un acto de corrupción o alguna zancadilla traidora, nos surge naturalmente el “somos tan argentinos”.
Es claro que también tenemos grandes virtudes que nos llevaría largo tiempo enumerar y que son, desde todo punto de vista, la principal característica de nuestro ser nacional. Entre ellos, la solidaridad y la hospitalidad.
Los hábitos más nefastos aparecen claramente en un gran sector de la política nacional. Sabido es que nos alcanzan los dedos de una mano para contar los políticos honestos, trabajadores, capaces y comprometidos con su pueblo.
En el terreno de la política argentina, crecen como hongos en pleno Abril húmedo, los oportunistas, los que hacen excelentes negocios y llenan sus bolsillos a costas del dinero del pueblo, los que les gusta prometer y nunca cumplir, los que hoy dicen algo y mañana hacen todo lo contrario, los traidores, los marineros, los inútiles y otros tantos especímenes que han desfilado y desfilan frente a nuestro ojos azorados.
La democracia ya ha transitado treinta y dos años de continuidad y sería bueno que ya comenzáramos a dejar de hablar de nuestra “adolescente democracia” y empecemos a ponernos los pantalones largos.
Treinta y dos años no han servido para generar los anticuerpos necesarios para expulsar a los mafiosos de la política.
Siguen manejando los hilos del poder, en conjunción con algunos similares del empresariado que también tiene las suyas.
Sin ir muy lejos, lo que ha venido ocurriendo en Pueblo General Belgrano en los últimos años, nos muestra como se instaura un estilo de hacer política y se replica desde el nivel nacional, hacia el ámbito provincial y también en lo local.
CON MATICES, LAS FORMAS SON LAS MISMAS
Tanto en el gobierno nacional, como en el provincial, hemos asistido en estos años a serios hechos de corrupción que siempre quedan en la nebulosa de la duda, frente a una justicia ambigua que casi nunca va a fondo para investigar las denuncias.
En Pueblo Belgrano, siendo un lugar tan pequeño, ha ocurrido lo mismo. Sólo como recordatorio de algunos hechos que me vienen a la memoria, podemos enumerar las pensiones de dudosa procedencia que percibían familiares del intendente Chesini (algunos las siguen percibiendo), la existencia de una causa por acoso laboral a una empleada del centro de salud, los domicilios truchos que aparecieron en los padrones para favorecer al oficialismo con su voto, el intento de instalar una sucursal de “La saladita”, promesas varias no cumplidas, la dudosa autorización para la construcción del barrio náutico “Amarras”, que ahora fue frenado por la justicia, la construcción de un portal en la ruta que se habría hecho con dineros de los empresarios de “Amarras”, generando más dudas sobre esta autorización otorgada sin licencia social.
Seguramente que el principal dirigente de Pueblo Belgrano dirá que todos estos hechos son difamatorios, que no están ajustados a la verdad. Tal vez sea así, pero lo cierto es que fueron apareciendo a lo largo de su gestión y nunca existió una demostración clara de que sólo se trataba de un ataque político. Las sospechas, como todos sabemos, se siembran con facilidad. Luego, limpiarlas cuesta mucho.
De todos modos, es bastante llamativo ver el modo en que el intendente Chesini defiende el proyecto de “Amarras” en una solicitada publicada hoy. Allí afirma que la gente de Gualeguaychú no desea que Pueblo Belgrano crezca y por ello no lo dejan progresar.
¿Qué significa progresar? Es acaso permitir un emprendimiento que modifica el ambiente natural del río? Es el progreso tener un barrio náutico? Es el progreso, como muchos creen, tener edificios de treinta pisos?
Todo está en la concepción que cada uno tiene del “progreso”.
A mi modesto entender, el progreso debe estar dado por dar solución a la Avenida 1º de Diciembre, al basural a cielo abierto, contar con una ambulancia en el centro de salud, cumplir con la promesa de un terreno a los bomberos voluntarios y cumplir con las promesas que con tanta facilidad se hacen a los vecinos.
AQUI ABAJO Y ARRIBA TAMBIEN
Como lo afirmaba en párrafos anteriores, estos vicios de la política argentina se observan y se padecen en todos los estamentos.
Sólo tenemos que ver lo que pasa en el nivel del gobierno nacional, donde exhibimos “orgullosamente” un vicepresidente procesado por graves hechos de corrupción, funcionarios violentamente enriquecidos, sospechas sobre las empresas privadas de la propia presidenta, obras que se anuncian y no se concretan, otras obras que se inauguran y a los pocos días dejan de funcionar, mentiras en las mediciones para seguir confundiendo al pueblo, y más, mucho más.
Luego, podemos hacer un repaso por el gobierno provincial y nos encontramos con una provincia endeudada a niveles preocupantes, una obra faraónica como el estadio único para el que se recibieron cientos de millones y nunca se ha construído, un gobernador que se construye un palacete imperial, líneas de trenes que se inauguran y luego dejan de funcionar, paradores en las playas de Mar del Plata que nos cuestan millones, dinero puesto en publicidad de una antojadiza campaña hacia la presidencia que no sabemos de dónde salió, y podríamos seguir ampliando.
Lamentablemente, esto ya es habitual en la política argentina y lo peor es que se va naturalizando y ya no nos conmueve como debiera cuando conocemos un nuevo acto de corrupción o de traición hacia el pueblo votante.
A tal punto se naturaliza, que ya hemos instalado la falsa opción “roban, pero hacen”.
Una verdadera locura. Hay que hacer sin robar. Hay que dirigir sin estafar. No a las falsas promesas, no a la corrupción, no a los ineptos, no a los improvisados.
Es hora que la democracia crezca y ponga las cosas en su lugar. Es decir, que el propio pueblo ponga coto a todos estos desaguisados. Es hora de reemplazar estas “costumbres argentinas” por una política donde la honestidad y el compromiso con los demás sea la brújula inamovible para cualquier político.
PERIODISTA: ALBERTO JOSÉ DORATI.
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