Hay futbolistas que ganan títulos. Hay otros que marcan épocas. Y están aquellos que terminan convirtiéndose en parte de la identidad de un pueblo. Lionel Messi pertenece a ese último grupo. Cada Mundial parece ofrecer una nueva oportunidad para dimensionar su grandeza, aunque la realidad demuestra qu todavía resulta imposible medir el alcance de lo que representa para la Argentina y para el fútbol mundial.
La clasificación a una nueva final de la Copa del Mundo no fue una excepción. Como tantas veces, Messi apareció en el momento justo. No hizo falta que marcara un gol. Alcanzó con verlo conducir al equipo, asistir a Enzo Fernández y Lautaro Martínez, ordenar cada ataque y asumir el liderazgo emocional de un grupo que volvió a responder en una noche de máxima exigencia. Su influencia ya excede las estadísticas.
“Fue un día muy feliz para todos los argentinos”, resumió el capitán tras el triunfo frente a Inglaterra. Con la serenidad de quien ya vivió todos los escenarios posibles, reconoció que el equipo volvió a demostrar su capacidad para sobreponerse a la adversidad. “Gracias a Dios lo pudimos conseguir”, expresó con la emoción todavía a flor de piel.
Messi también confesó que durante el himno nacional el plantel sintió que no era un partido más. “Empezamos a sentir cosas diferentes y especiales”, contó. Porque más allá del contexto deportivo, entendía el significado que tenía para millones de argentinos un nuevo cruce frente a Inglaterra. “Ninguno quería perderlo”, explicó. Y cuando el árbitro marcó el final, el desahogo fue colectivo.
El capitán sabe mejor que nadie lo difícil que resulta llegar a una final del mundo. Por eso valoró especialmente el recorrido de este grupo. “Todas las finales son especiales. Es muy lindo poder vivirlo otra vez. Es una locura lo que consiguió este grupo: jugar dos finales seguidas”, afirmó, orgulloso de una generación que volvió a colocar a la Argentina entre los mejores del planeta.
Será la tercera final mundialista de Messi. Un registro reservado para muy pocos en la historia del fútbol. Sin embargo, sus palabras no estuvieron dirigidas hacia los récords personales, sino hacia el grupo y hacia la gente. “Este equipo compite al máximo y siempre saca de donde no tiene”, sostuvo, antes de agradecer el acompañamiento permanente de los hinchas argentinos.
También hubo un momento íntimo. Messi dedicó la clasificación a su familia, especialmente a su padre Jorge, que permanece en Rosario. Y, fiel a su estilo, evitó hablar de sí mismo. Prefirió mirar hacia adelante. “Que la gente siga disfrutando. Después, que sea lo que Dios quiera”, cerró.
El próximo domingo volverá a salir a la cancha para disputar otra final del mundo. Quizá sea una más en una carrera irrepetible. Quizá sea la última. Lo único seguro es que, una vez más, la Argentina tendrá a su capitán al frente. Y eso, para millones de argentinos, sigue siendo el mayor motivo para creer.


