Cuando aún no se han apagado los bríos del festejo del Frente Cambiemos por el triunfo electoral que llevará al sillón de Rivadavia al Ing. Mauricio Macri a partir del 10 de Diciembre, los argentinos ya nos preguntamos cómo se van a afrontar los diversos desafíos que le esperan al nuevo gobierno.
El kirchnerismo deja tras de sí una serie de problemas de profunda complejidad, que obligan a quienes se hacen cargo del gobierno a tomar urgentes decisiones.
Llegar a la casa rosada será como abrir la caja de Pandora. Nadie sabe a ciencia cierta con qué se encontrarán, sobre todo en materia económica, después de las extrañas fórmulas aplicadas por “el chiquito” Kicilloff.
Decía Albert Einstein que “entre las dificultades se esconde la oportunidad”. Ahora, la tarea del nuevo presidente será encontrar el escondite de esas oportunidades para comenzar a transitar un camino de seguridad para todos los argentinos.
Lo más engorroso será saber la cruda verdad, considerando que este gobierno se ha caracterizado por mentir sistemáticamente sobre muchos temas sensibles, como la deuda, la pobreza, la inflación, el déficit, las reservas, etc.
De ese modo, sin conocer los reales indicadores sobre estos ítems, es imposible trazar un diagnóstico certero de la realidad para obrar en consecuencia.
El pueblo votó e hizo pesar su decisión soberana. El resultado de este ballotage dejó en claro que tenemos un país bien dividido. Lo más triste, es que esa división se está dando por simples caprichos populistas disfrazados de posturas ideológicas.
El amor es la izquierda y los otros la derecha. Los que se van son los buenos y los que llegan son los malos que vienen a perjudicarnos.
Esa ha sido la burda estrategia usada por el oficialismo imperante para ver si podía amedrentar a la población. Creo que de algún modo lo ha conseguido, pero no alcanzó para la oleada de hastío acumulado en gran parte del pueblo argentino.
Lo cierto es que poner en marcha el país no es una cuestión de amores u odios, ni de izquierdas ni derechas, ni de buenos o malos. Esos conceptos divisionistas ya están perimidos desde que culminó la guerra fría y se destruyó el muro de Berlín.
En estos tiempos, las soluciones para que un país funcione pasa por estrategias mucho más complejas, donde entran a tallar la geopolítica y los entendimientos a nivel global, para evitar quedar fuera del mapa de los países que tienen la mayor influencia en el mundo.
Después de la globalización, todos dependemos de todos y por ende no podemos aislarnos. Tampoco es cuestión de alinearse con cualquiera por que sí, ni vender las banderas por algunos pesos miserables. Hay que hacer valer lo que somos y podemos ofrecer, que no es poco.
Argentina es productora de alimentos por excelencia y eso es clave frente a un mundo superpoblado que cada vez necesita alimentar más bocas.
Algo se está haciendo mal en nuestro país, cuando somos prácticamente los únicos en latinoamericana que no hemos crecido en los últimos cuatro años y somos los únicos con un índice inflacionario importante que nos va comiendo a diario el valor de nuestro ingreso.
Países con menos recursos que el nuestro han logrado un fuerte crecimiento, con baja inflación y crecimiento del empleo. Así lo demuestran Perú, Bolivia, Paraguay y Colombia, entre otros.
Es tan difícil, teniendo tierras fértiles, todos los climas, minerales, petróleo, recursos humanos, salir del estancamiento?
Ese es el gran desafío del nuevo gobierno, pero es indudable que no sólo será responsabilidad de ellos, también depende de todos nosotros.
TODOS SOMOS RESPONSABLES.
Los argentinos tenemos tendencia a desentendernos de los grandes temas y dejar que otros lo solucionen y se hagan cargo. “Para eso los votamos” suele escucharse, si poder visualizar que ahí radican muchos de nuestros males.
Solemos hablar del estado como si fuese algo que no nos pertenece. Es habitual confundir estado con gobierno. Error gravísimo. El estado somos todos y nos pertenece a todos.
Formamos parte del estado desde el mismo momento que nacemos hasta nuestra muerte. Esa visión no puede negarse si queremos solucionar los problemas que nos acucian.
Decía el autor intelectual de nuestra constitución nacional, Juan Bautista Alberdi: “La tierra es la madre, el hombre es el padre de la riqueza. En la maternidad de la riqueza no hay generación espontánea. No hay producción de riqueza si la tierra no es fecundada por el hombre. Trabajar es fecundar. El trabajo es la vida, es el goce, es la felicidad del hombre. No es su castigo. Si es verdad que el hombre nace para vivir del sudor de su frente, no es menos cierto que el sudor se hizo para la salud del hombre; que sudar es gozar, y que el trabajo es un goce más bien que un sufrimiento. Trabajar es crear, producir, multiplicarse en las obras de su hechura: nada puede haber más plácido y lisonjero para una naturaleza elevada.”
Con estas palabras tan acertadas, Alberdi nos está diciendo que no hay otro camino que el trabajo fecundo para que un país salga de cualquier crisis.
Ahí está el desafío que deberemos enfrentar entre todos. Gobernantes y gobernados, tendremos que cerrar filas detrás de una única aspiración: “ganarme el pan con el sudor de mi frente”.
Pareciera que estas frases son recurrentes y trilladas. Sin embargo, contienen la clave de toda construcción sana y genuina.
Es allí donde todos tenemos que involucrarnos. El gobierno tiene la obligación de crear las condiciones necesarias y alentar la producción, mediante estrategias de comercio internacional y posibilidades de consumo interno. Pero nada surtirá efecto si nosotros no ponemos manos a la obra cuando el país nos lo demande.
No es con las especulaciones financieras, ni con las mesas de dinero, ni con la timba generalizada, que vamos a poner el país de pie. Es sólo con trabajo y producción. Esa fórmula soluciona todos los problemas, comenzando por solucionarlos en los hogares donde los adultos pueden llevar el pan a diario y organizar su familia.
En estas horas, se escuchan algunos discursos un tanto temerarios. Los disgustados por perder las elecciones, y alguna cuota de poder, hablan de “resistencia”, dicen que “le haremos la vida imposible”. Eso es lo más preocupante.
Con ese espíritu revanchista difícilmente pueda construírse un futuro promisorio.
No creo en actitudes pusilánimes y de resignación. Creo que el pueblo debe ser crítico cuando algo no funciona o está en contra de los intereses nacionales. Pero no creo en la crítica y el combate por simple capricho. Esas actitudes sólo nos llevan al desencuentro y la zozobra.
Son muchas las razones por las cuales debemos tirar juntos del carro. Hacernos los desentendidos sólo hará que nos perjudiquemos a nosotros mismos.
El cambio, del que tanto se habla en estos días, está en cada uno de nosotros. Si nosotros hacemos un cambio, todo cambia a nuestro alrededor. Lo importante es que ese cambio esté orientado a la solidaridad y la tolerancia hacia los demás.

Alberto José Dorati.
{fcomment}


