Durante más de cien horas, los embetunados bajo el mando del teniente coronel Aldo Rico tuvieron en vilo al país reclamando una “solución política” para cientos de citaciones judiciales contra oficiales por las graves violaciones a los derechos humanos durante la dictadura cívico-militar concluida cuatro años antes.

Por Rubén Furman.
“Fue un punto de inflexión histórico porque por primera vez se convocó al pueblo de manera amplia bajo una consigna que era un parteaguas: democracia o dictadura”, evoca Leopoldo Moreau, que en aquellos días integró el “comité de crisis” que funcionó en la Casa de Gobierno, junto a la oficina del presidente Raúl Alfonsín.
“Hubo convocatoria política pero también mucha espontaneidad e indignación. Eso volcó la balanza al demostrarle a los alzados que no había plafón para una nueva aventura”, afirma Mario Cafiero, hijo y secretario del dirigente histórico del peronismo Antonio Cafiero, quien de inmediato se colocó en respaldo del orden institucional.

“Armamos un comité de crisis en la madrugada del jueves 16, que funcionó durante los cuatro días en la oficina el secretario de la Presidencia, Carlos Becerra. Allí se decidió una respuesta rápida para volcar la correlación de fuerzas, la consigna para desenmascarar a los alzados y convocar a la ciudadanía y a las fuerzas políticas sin exclusiones”, recuerda Moreau.
En ese grupo revistaban políticos de la mayor confianza de Alfonsín: el dirigente metropolitano Enrique “Coti” Nosiglia, futuro ministro de Interior; Fredi Storani y Marcelo Stubrin, además de Becerra y el “Marciano” Moreau, todos “coordinadores”, a los que se sumó el diputado jefe de la bancada radical, César Jaroslavsky.
El jefe de la bancada peronista de diputados, José Luis Manzano y las principales figuras de la renovación partidaria –Carlos Grosso, Oraldo Britos, De la Sota, Cafiero- fueron de los primeros en llegar a la sede gubernamental en esa mañana del 16 de abril, donde reinaba la incertidumbre sobre el futuro del orden constitucional.
En pocas horas atrajeron al jefe de la CGT, Saul Ubaldini, y a Lorenzo Miguel, quienes también estuvieron esa tarde en una Asamblea Legislativa ampliada donde además de diputados y senadores concurrieron dirigentes de las centrales empresarias, ante los cuales el presidente aseguró que “la democracia no se negocia y llamó a “doblegar el brazo de los golpistas”.

Esa noche, en una reunión ampliada con dirigentes radicales en Casa de Gobierno se dieron las novedades, como la orden de represión encargada al general Ernesto Alais, y una lista de cincuenta dirigentes que los rebeldes planeaban asesinar, los que se retiraron del lugar provistos de elementos para su defensa personal.
Aunque luego se dijo que la demora de las tropas encargadas de sofocar el alzamiento se debía a darles un plazo y evitar derramamientos de sangre, con el correr de las horas quedó claro que había una generalizada negativa militar a enfrentar a sus camaradas.
Ese “empate” se tornó peligroso a medida que pasaban las horas ya que a partir de aquel Viernes Santo comenzaron a concentrarse en las puertas de la guarnición de Campo de Mayo miles de militantes y vecinos que interpelaban a viva voz a los carapintadas por su actitud, aumentando el riesgo de una masacre.

Hubo que esperar hasta el mediodía del domingo de resurrección para que, luego de la firma de un Acta de Compromiso Democrático en la Casa de Gobierno, Alfonsín anunciara a la multitud congregada en la plaza su traslado a Campo de Mayo para reunirse con los rebeldes, que exigían su presencia para rendirse.
“Me subí al coche de Jaroslavsky, que hizo bajar a su chofer para manejar él. Habia sido corredor de autos y llegamos casi al mismo tiempo que el helicóptero que llevaba al presidente”, recordó Jesús Rodríguez, quien dos años más tarde debió hacerse cargo del Ministerio de Economía en medio de una hiperinflación que anticipó la salida de Alfonsín del gobierno.
A las 18.07, Raúl Alfonsín anunció desde el balcón de la Casa de Gobierno: “La casa está en orden y no hay sangre en la Argentina”, la frase que con su “Felices Pascuas” cerró un momento dramático de la transición democrática.



