” Conflicto “
Según las últimas actitudes del intendente de Gualeguaychú, queda claro que a nuestro jefe comunal le gusta “dirigir la batuta”.
Su estilo arrogante y prepotente, transmitido también a los miembros de su gabinete, hacen que se sienta “graduado” antes de comenzar los estudios y sin haber aprobado los exámenes.
Hace sólo nueve meses que se consagró como intendente con un 35% de los votos de la población. Si bien ganó las elecciones, sería bueno que haga una lectura correcta de aquellos resultados del mes de Octubre. Sería bueno recordarle que más de un 60% de los ciudadanos de Gualeguaychú no le dieron su confianza para manejar los destinos de la ciudad.
Sin embargo, el accionar arrogante persiste y no debe sorprendernos, ya que se condice plenamente con el modus operandi del espacio político que representa y que con la misma prepotencia manejó el país durante doce años y casi nos dejan tierra arrasada desde La Quiaca hasta Tierra del Fuego.
Así, nuestro intendente demuestra con claridad su coherencia con el “modelo”.
De este modo, también coherente con el accionar K, aprendió muy bien a acaparar rápidamente toda aquella actividad de naturaleza pública y popular que, además de movilizar buena cantidad de posibles votantes, genera réditos millonarios.
En el código de operaciones K, no puede dejarse escapar semejante oportunidad y se hace visible la tentación de no dejar fuera del control del estado un acontecimiento tan jugoso como el carnaval del país.
El carnaval, que a lo largo de los años logró consolidarse como la fiesta más importante del país a cielo abierto, posicionándose como el tercer carnaval a nivel mundial, es un evento que muchos miran con codicia.
No debemos pasar por alto que este carnaval ha llegado al nivel que hoy ostenta gracias al esfuerzo de muchos protagonistas de la comunidad. También es lógico que quienes tienen la responsabilidad de organizarlo tengan la necesidad de contar con el apoyo del municipio por diversas razones.
Es lógico que el municipio vele por los intereses de los ciudadanos, tanto de los que aman el carnaval como de los que no. Es además, el natural administrador del espacio público y por ende es el encargado de armonizar los distintos intereses que pueden surgir desde la comunidad y que eventualmente llegan a generar algún tipo de controversia. Cumple el municipio un rol fundamental en el control de la salubridad pública durante el evento, asegurando que todo lo que allí se expende para comer y beber esté en perfectas condiciones de higiene.
Ahora bien, también es importante que desde el estado municipal se apoye a la organización para menguar muchos de los obstáculos y exigencias que surgen.
Sin embargo, el modo avasallante con el que la actual administración municipal encaró a la comisión del carnaval, dejó al desnudo el deseo irrefrenable de ganar “el control” de este sector político sobre la próxima edición de la fiesta carnavalera.
Bajo la excusa de defender y proteger los intereses vecinales, se conformó un largo catálogo de exigencias y reglamentos, previamente preparados de manera inconsulta y con la clara intención de imponerlos sin más ni más.
Hubiera sido mucho más constructivo convocar a los clubes organizadores y consensuar a través de un diálogo responsable aquellas cuestiones que tal vez deban corregirse o cambiarse.
Es evidente que poco se logra cuando se trata de imponer y romper esquemas ya establecidos durante años.
Los cambios pueden ser bienvenidos, pero escuchando a la contraparte. Es imposible lograr cambios cuando no hay un ámbito de discusión y consenso y se presenta un menú “ya cocinado de antemano”.
Este es el cortocircuito más importante de la historia del carnaval. Nunca se produjo un encontronazo de estas características entre los clubes y la municipalidad.
Los habitantes de Gualeguaychú deberemos prestar atención a las dos campanas y luego sacar nuestras propias conclusiones.
La historia recién comienza. Se aseguran algunos capítulos interesantes de aquí a fin de año.
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