Un 18 de Enero de 1983, fallecía en la ciudad de Córdoba uno de los políticos argentinos ejemplares, el Dr. Arturo Umberto Illia.

Militante acérrimo de la Unión Cívica Radical, se desempeñó como Diputado Nacional, Vicegobernador de la provincia de Córdoba y fue Presidente de la Nación desde el 12 de Octubre de 1963 hasta el 28 de Junio de 1966. Aquella fría mañana, un grupo de militares, encabezados por el Gral. De división Julio Rodolfo Alzogaray, y ante la indiferencia de toda la ciudadanía, irrumpieron en la casa de gobierno y le exigieron a Illia que se retirara de la casa de gobierno.
Illia se negó y se entabló una fuerte discusión, tras lo cual los militares se retiraron. Luego, ingresaron las fuerzas policiales con pistolas lanza gases, mientras que las fuerzas militares rodeaban la casa de gobierno.
Al peligrar su integridad física, Illia aceptó retirarse rodeado por sus colaboradores más cercanos. Debido a que no tenía automóvil, porque lo había vendido durante su presidencia, paró un taxi en la calle y le pidió que lo llevara a la casa de su hermano en Martínez.
Luego de su presidencia pasó momentos aciagos porque nunca fue un hombre que tuviera riquezas o capitales como para poder afrontar la vida normalmente.
Fue el único presidente que no aceptó cobrar la jubilación que le correspondía por haber ejercido la presidencia. Tuvo una sola casa, muy sencilla, que le fuera donada por voluntad de los vecinos de Cruz del Eje.
Sus últimos años los pasó atendiendo la panadería de un amigo.
Estos antecedentes muestran a un hombre que hizo culto a la política en serio, ejerciéndola con valores republicanos, dejando de lado las ambiciones personales y consagrando su vida al servicio de su país.
Con sólo hacer algunas comparaciones con los presidentes que hemos tenido, salvo honrosas excepciones, podemos comprobar que esa clase de políticos ya no existen ni haciendo un poderoso ejercicio de imaginación.
Los argentinos hemos asistido atónitos al asalto a mano armada de nuestra república, no sólo por los actos de extrema corrupción sino por las decisiones tomadas por muchos presidentes y que nos han condenado al sometimiento.
EL GOBIERNO DE ILLIA

Ni bien llegó a la presidencia, el Dr. Arturo Illia anuló muchas de las restricciones que pesaban sobre el peronismo, como consecuencia de la revolución liberadora de 1955.
También ordenó levantar la proscripción al partido comunista y se promulgaron sanciones a la discriminación y la violencia racial.
En materia petrolera, Illia anuló los contratos que había firmado YPF en la presidencia de Arturo Frondizi por considerar que dichos convenios estaban viciados de ilegitimidad y eran dañoso para los intereses del país.
También promulgó la ley del salario mínimo, vital y móvil, para evitar la explotación de los trabajadores.
Otra ley importante fue la de medicamentos, que establecía una política de precios y control de los fármacos.
En materia de educación, fue un gobierno que le dio fundamental importancia. El presupuesto destinado a educación fue creciendo, llegando a un 23% en el año 1965. Puso en marcha un plan de alfabetización que en 1965 ya contaba con 12.500 centros de alfabetización alcanzando a 350 mil alumnos entre 18 y 85 años.
Entre 1963 y 1966 se graduaron en la UBA 40 mil alumnos, la cifra más alta en toda la historia de dicha universidad.
En materia económica, ordenó el sector público, disminuyó la deuda pública e impulsó la industria nacional. El Producto bruto interno, que en 1963 tuvo un índice negativo del -2,4%, en 1964 creció a un 10;3% y en 1965 llegó al 9,1%.
La deuda externa disminuyó de 3.400 millones de dólares a 2.600 millones.
El salario real creció un 9,6% entre Diciembre de 1963 y el mismo mes de 1964. La desocupación pasó de un 8,8% en 1963 a 5,2% en 1966.
LO ECHAMOS POR BUENO
Aún cuando los resultados de su gestión habían sido exitosos y el país se encaminaba a un crecimiento formidable, muchos sectores de la sociedad civil y de las fuerzas armadas parecían molestos por la presidencia de Arturo Illia.
Su característica de hombre pacífico, tranquilo y que andaba sin apuros, se ganó el apodo de “la tortuga”. Esto le valió las burlas de todo tipo por parte de los sectores más reaccionarios que pretendían la rapidez y supuesta eficacia de los conservadores.
Los sectores empresariales tampoco veían con agrado las políticas proteccionistas a las empresas públicas y los controles de precios y de cambio.
Algunos medios de prensa nacionales y extranjeros colaboraron al desprestigio de Illia. Así, diario Crónica y El Mundo publicaban caricaturas donde se lo veía a Illia representado como una tortuga, acusándolo a él y su gabinete de lentitud e inactividad, aún cuando el país crecía con guarismos impensados.
La CGT implementó el operativo “tortuga” que consistió en sembrar la ciudad de Buenos Aires con miles de estos animales, en cuyo caparazón pintaban la leyenda “Illia o gobierno”.
Mariano Grondona y Bernardo Neustadt fueron los periodistas que encabezaron esa campaña de desprestigio. Es más, Grondona fue el autor de los primeros comunicados de los militares golpistas.
En las revistas que estos periodistas dirigían se contraponía la imagen de Illia, representado por una tortuga, contra la del Gral. Juan Carlos Onganía, como “salvaguarda de la patria”.
REPENSAR NUESTRA HISTORIA

En estos tiempos, es fructífero retroceder en el tiempo y recorrer nuestra historia. Es muy bueno tomar en cuenta como ha sido manipulado el pueblo argentino. Es positivo rescatar el ejercicio de la política de la mano de hombres ejemplares como Illia y otros.
Esto nos permite reflexionar, acomodar las piezas, y comprobar que son muchas las escorias que nos han gobernado en estos treinta años de democracia. Que nos han robado hasta los laureles que supimos conseguir. Que nos han engañado con mentiras a granel y han pretendido vendernos un país maravilloso, aún cuando uno comprueba día tras día que estamos mal en lo económico, en lo educativo, en lo social y sobre todo en lo político.
La corrupción se ha transformado en un ejercicio naturalizado. A tal punto es así, que los que todo el día se quejan de la corrupción, cuando se enteran que alguien actuó honestamente, lo terminan tildando de “tonto”.
Resulta ser que en aquellos años del gobierno de Illia echamos una tortuga y en la actualidad hemos consagrado en la presidencia a más de una liebre, que corre ligero, tan ligero que nos roba casi sin darnos cuenta.
Es hora de reivindicar las tortugas que, a paso lento pero firme, pueden asegurarnos lograr nuestros objetivos con mayor eficiencia y sin robarnos nuestros esfuerzos.
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