Diario Nova

Nova Editorial : Las Hilachas Del Poder.

Culmina el ciclo kichnerista en la República Argentina, tras doce años con muchos vaivenes. Un gobierno que comenzó con poco apoyo popular, pero que fue conquistando confianza a medida que el entonces presidente Néstor Kirchner fue acomodando algunas piezas, tras el trabajo sucio que habían hecho su antecesor Eduardo Duhalde con la ayuda de Roberto Lavagna.

Tras cuatro años, el país comenzó a resurgir de las cenizas y volvió el crecimiento y un icberg de prosperidad que entusiasmó a los argentinos para que eligieran a su esposa, Cristina Fernández, para que dirija los destinos del país. Allí comenzó una fuerte metodología política que se caracterizó por la confrontación. Los elegidos para pelear en el ring fueron los productores agropecuarios y la corporación medíatica del grupo Clarín.

Los primeros, ubicados bajo el paraguas de la oligarquía, para darles un lugar que justificara con mayor fuerza el enfrentamiento. Al segundo, no le hacía falta ninguna caracterización, porque su perfil daba y da perfectamente para que cualquiera lo cuestione.

Fueron los enemigos ideales para demostrar el poder (“Los pondremos de rodillas”, dijo Néstor alguna vez hablándole a los productores) y Clarín el ideal para tener alguien a quien echarle la culpa de todo.

En esos tiempos, si bien gobernaba Cristina, Néstor estaba con el ojo avizor a todo lo que ocurría hacia el futuro. Pudo avizorar claramente que comenzaban los problemas propios de todo gobierno que se perpetúa en el poder. Así fue que ideó una estrategia confrontativa que daría excelentes resultados.

El destino quiso que la muerte sorprendiera a Néstor en medio de esta tormentosa era del gobierno de Cristina. A partir de ese momento, las cosas comenzaron a complicarse. Cristina logró que el pueblo la consagrara nuevamente con un amplio margen de votos, añorando los buenos años que habían transcurrido y pensando que todo continuaría creciendo.

Sin embargo, no era tan fácil continuar aquella estrategia que Néstor había ideado y que seguramente quedó trunca entre sus planes a futuro. La personalidad de la presidenta comenzó a mostrarse tal como es. Decisiones apuradas, compañias de dudosa confiabilidad, rodeada de aplaudidores, una verborragia exagerada y un modo de gobernar con ciertas reacciones incomprensibles; hicieron de los últimos años de Cristina en el poder una gestión floja, con grandes desaciertos y errores que hoy, sobre el final del ciclo, quedaron a la vista tal como queda la ropa interior de alguien cuando su vestimenta se deshilacha.

Todo se mantuvo atado con alfileres, en base a la mentira permanente, haciéndonos creer que el país estaba en inmejorable situación. La presidenta y sus cómplices se autoconvencieron de su propia mentira y pretendieron hacerle creer a todos los argentinos que su mundo imaginario existía, que era real.

A pesar de todos los esfuerzos y las bravuconadas de Aníbal, no hubo forma de convencer a todo el pueblo. La inflación, el agotamiento de las reservas, la entrega de los recursos naturales a las peores multinacionales, el aislamiento del mundo, los discursos soberbios por la interminable cadena nacional, la fórmula “estás conmigo o en contra mío”, la corrupción imposible de disimular, los empresarios amigos beneficiados en miles de millones, fueron socavando la confianza demostrada en aquél 54% que los kirchneristas mencionan seguido con cierto dejo de nostalgia.

El ciclo culmina, pero pareciera que Cristina no se ha dado cuenta de ello. Con su habitual desparpajo se da el lujo de ni siquiera tener en cuenta que alguien ya fue electo como nuevo presidente del país. Lo recibió de mala manera, lo ningunea y hasta se ha encaprichado en una cuestión tan simple como la entrega de los atributos del mando, para que se produzca en el congreso y no en la casa rosada como lo pidió Macri, y como dicta la constitución que debe hacerse.

Todo para poner al pueblo sobre ascuas. Todo para hacer sentir que el poder le pertenece hasta el último minuto del día 9 de diciembre. Todo para reafirmar ese estilo nefasto que caracterizó su gobierno, mezcla de seudo revolución chavista con un infantilismo político nunca antes visto.

El traje de Cristina se sigue deshilachando y se va quedando desnuda. Sus actitudes, sus palabras desubicadas, sus gestos transmisores de un gran resentimiento, van mostrando en estos últimos días a la verdadera mujer que se escondía bajo ropa y joyas lujosas.

Perdió la gran oportunidad de despedirse a lo grande de la casa rosada. Prefirió tirar por la borda todo lo que durante doce años declamó el kirchnerismo. En lugar de irse honrada por todos los argentinos, prefirió quedarse con los aplaudidores, con los que defienden lo indefendible, los que dicen estar preparándose para combatir el próximo gobierno. Y la democracia? Y el respeto por los demás? Y la convivencia? Todos esos valores ¿dónde quedaron?

Se queja la presidenta por las agresiones que ha debido sufrir durante años por parte de mucha gente. Tiene derecho a esa queja, porque realmente hubo gente que la atacó con fiereza inusitada y una gran falta de respeto.

Pero también deberá pensar la mandataria qué fue lo que generó esa embestida brutal de un gran sector de la población. Antes, nunca ocurrió semejante cosa con un presidente. ¿Por qué con ella? Sería bueno que también reflexionara sobre este fenómeno, porque aunque no justifico dichos ataques, también debemos recordar que “el pueblo siempre tiene sus razones”.

Los últimos días de Cristina hicieron que se rasguen las últimas hilachas de su vestimenta. El poder le nubló la mente y no le dejó ver lo esencial. La soberbia no le permitió tener un acto de humildad que la hubiese engrandecido.

Las hilachas destrozaron su coraza y la dejaron desnuda. Se mostró tal como es y el pueblo comprueba que no se ha equivocado.

ALBERTO DORATI

ALBERTO JOSÉ DORATI.

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