El título de esta nota lo tomé de un libro que el escritor local Enrique Piaggio escribió hace unos cuantos años y donde describía un panorama bastante apocalíptico sobre los seres humanos en su camino hacia una supuesta evolución que finalmente se transforma en una pesadilla.
Frente a los últimos acontecimientos que conmueven al mundo entero, creo que vale la pena hacerse esta pregunta.
No creo que sea posible transmitir con palabras el dolor y la impotencia que invaden mi alma.
Siento la pesadez de la responsabilidad que nos compete como miembro de esta humanidad que poblamos el planeta Tierra, por el mundo que dejamos a nuestros hijos y nietos.
Siento, como les pasará a muchos, la sensación de que lo hemos hecho todo mal, en una actitud egoísta donde sólo hicimos primar nuestros mezquinos y triviales intereses.
Corremos detrás de una “evolución” tecnológica y nos estamos olvidando de lo más importante. Dejamos de lado valores esenciales para la convivencia, como la solidaridad, el respeto y el amor por nuestros semejantes.
La imagen del bebé de cuatro años muerto en la playa, no es una imagen más. Fue el impacto necesario para que muchos reaccionen y tomen en cuenta la gravedad de lo que está ocurriendo.
Son muchos más los niños, mujeres y hombres que han perdido la vida en medio de escenas espantosas, con finales agónicos que ni siquiera queremos imaginar.
Sin dudas que esos niños han muerto sin saber cuál ha sido la verdadera causa que les troncha la vida cuando recién están asomándose a ella.
Habitualmente se realizan análisis bastante superficiales sobre las causas de este éxodo que, sin dudas, cambiará el rumbo de la historia.
Es necesario trasladarnos hacia atrás en el tiempo y ver el modo en que los países poderosos del mundo (Estados Unidos, Inglaterra, Francia, Alemania y otros) se han esmerado en entrometerse en la vida de los países de Oriente y de Africa.
Lo han hecho con la clara finalidad de quedarse con sus recursos y explotar a sus habitantes usándolos como mano de obra barata puesta al servicio de sus ambiciones.
Países como Irak, Libia, Afganistán y otros han sido blanco de las nefastas prácticas imperialistas, mediante invasión y bombardeos devastadores. En otros casos, como en Siria, se han encargado de introducir armas extranjeras con fines desestabilizadores.
Luego de esas invasiones, conocemos bien que sigue un genocidio atróz, donde todo vale ante el objetivo del sometimiento, saqueo y dominación para lograr el objetivo principal.
Los habitantes de estos países huyen en busca de paz y terminan golpeando las puertas de los mismos países que los atacaron. Allí les dicen que no pueden recibirlos, cuando son ellos los que destinan las cifras más altas para la fabricación de armamento.
Este sistema de capitalismo salvaje imperante en el mundo de hoy, no tiene piedad. La voracidad es tan grande que las muertes sólo son “daños colaterales” para un fin superior: seguir haciendo funcionar este sistema perverso donde unos pocos se benefician. Los demás, hambrean o se mueren.
Las políticas extractivistas llevadas al extremo, la invasión de multinacionales que chupan los pocos recursos que les queda a los pueblos y la gran producción de químicos y transgénicos es el gran negocio que hay que sostener, disimulado bajo los simpáticos mensajes propagandísticos que nos convencen que estamos en un mundo evolucionado, colmados de comodidades. Todo, gracias a este sistema capitalista que nos tiene esclavizados desde que nacemos hasta que morimos con la tarjeta de crédito, para aquellos que tienen alguna posibilidad de tener ingresos, y sino sumidos en la peor miseria para que ni siquiera tengamos la capacidad de pensar y rebelarnos.
Ya se dijo que un día, los pueblos desesperados por la hambruna irían a los países poderosos a reclamar que les devuelvan todo lo que les han robado.
Hoy, estamos comenzando a ver que este anuncio se cumple. Y es tanta la presión que, aún cuando los gobiernos se empeñan en sacarse de encima a los refugiados, son los mismos pueblos los que exigen a esos gobiernos que se apiaden de todos estos seres humanos.
Hay una actitud de los pueblos que nos devuelve la esperanza y nos indica que no todo está perdido.
Lo mismo ocurre en nuestra región, donde un importante número de organizaciones de distintos tipo se han reunido y han convocado a toda la población para conformar un registro de vecinos que deseen dar asilo a alguna familia de refugiados.
En esta hora es indispensable que nos solidaricemos y abramos las puertas de nuestra casa.
Todos nosotros conocimos las historias de nuestros abuelos, huyendo aterrorizados de la guerra, hartos de pasar hambre, llegando a estas tierras en busca de un futuro.
No hay ninguna diferencia con lo que les está ocurriendo a todas estas familias de Oriente. No podemos ser indiferentes.
Al mismo tiempo, no podemos dejar de reflexionar acerca del sistema imperialista que domina al mundo y comenzar a entender que es necesario un cambio radical.
El mismo Papa Francisco ya lo ha expresado muy claramente en reiteradas oportunidades. No sirve un sistema que enriquece a unos pocos y condena al hambre y la miseria al resto. No sirve un sistema depredador que ataca nuestro ambiente natural y se empeña en exprimir al planeta sólo para satisfacer la voracidad consumista. No sirve un sistema que nos esclaviza detrás del dinero generándonos necesidad de consumo de objetos que ni siquiera necesitamos. No sirve un sistema que debe generar guerras para vender armas sin importar los miles que pierdan la vida detrás de tal negocio.
No hay manera de describir tanto dolor. Lo único que nos queda, es pensar que estos horrores no queden en el olvido en los próximos treinta días y sirva para que la humanidad reaccione, baje un cambio, piense, critique y presione por una vida con más igualdad y solidaridad.
Es posible, sólo debemos cambiar nuestra actitud personal y darnos cuenta que por mis malos procederes otros sufren. Si ese cambio se multiplica por millones, los poderosos habrán perdido la batalla.
PERIODISTA ALBERTO DORATI.
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