Dos perros convertidos en armas, las claves de una condena

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Two dogs turned into weapons, the keys to a sentence.

Así lo determinó la justicia de Córdoba, que penó al dueño y a su cómplice a cinco años de cárcel. La justicia consideró que los animales fueron un “arma impropia” para hacer más vulnerable a la víctima de un robo.

Un macho dogo argentino y una hembra rottweiler caminaban atados a una soga por las calles de Córdoba. Para cualquier observador, hubiera sido un paseo más. Sin embargo, para la justicia, los perros se convirtieron en “armas”. Los usó su dueño, junto a un cómplice, para robarle a un adolescente de 16 años, al que le exigieron todo lo que tenía: plata, celular, zapatillas y hasta el llavero de Instituto. Lo amenazaron con “largarle a los perros”, si no obedecía.

Ahora, el dueño de los perros terminó condenado a cinco años de prisión, junto al amigo -novio de su hermana- que lo acompañaba. Les dieron cinco años de cárcel, acusándolos de robo calificado por el uso de “arma impropia”. Es que, según la Cámara en lo Criminal y Correccional de 2ª Nominación de la ciudad de Córdoba, los animales fueron usados para amedrentar a la víctima por su poder ofensivo. La jueza Inés Lucero hizo hincapié en que son una raza “peligrosa”, con una fuerza en la mandíbula capaz de provocar la muerte, según detalló en el fallo conocido esta semana al que accedió Infobae.

Todo ocurrió en abril de 2018, en el cruce de las calles Yaradola y República de Siria, en el barrio General Bustos de la capital cordobesa. Por ahí caminaban Hernán Amatto y Facundo “Chino” Oviedo Heredia, junto a los dos perros atados, pero sin bozal. De frente venía caminando Facundo Mena, de 16 años. Iba a visitar a su abuela. Al “Chino” lo conocía porque antes de mudarse con su padre solía vivir en el barrio. Por eso, cuando el “Chino” y su amigo le dijeron que le dieran todo, el chico pensó que era una broma. Pero pronto se dio cuenta que no. Estaba cercado contra la pared y con los perros encima.

Les dio la mochila, mientras ellos le revisaban los bolsillos. Hasta tuvo que bajarse los pantalones para que vieran que no tenía nada más escondido. Se quedaron con todo, desde la billetera con 40 pesos hasta el celular y las zapatillas. Se llevaron hasta el carnet de socio y un llavero de Instituto. Cuando ya tenía todo, el “Chino” le dijo a Amatto: “Pegale”. Amatto no lo hizo. Entonces, el “Chino” le advirtió a su víctima: “Salí corriendo porque te largamos a los perros”.

El joven corrió lo más fuerte que pudo hasta que llegó a la casa de su abuela. Le dijo a su prima: “Me robó el Chinito”. La chica no le creyó. Lo buscó por Facebook para ver si hablaban de la misma persona y Mena no tuvo dudas. Entonces, la prima y el chico terminaron yendo a la casa del “Chino” para que le devolviera las cosas. Golpearon las manos y empezaron a pedir los objetos robados. Sin embargo, los vecinos se fueron acercando y todo terminó en una pelea. La abuela del acusado los puso en fuga gritando que llamaría a la Policía, que ya estaba en camino, a pedido de la víctima. Cuando llegaron los efectivos, el padre del “Chino” los dejó pasar. No se imaginó que buscaban a su hijo. Los perros estaban ahí, encadenados a un costado, testigos de toda la escena.

Un ejemplar de dogo argentino, como el que utilizaban los delincuentes para robar (Shutterstock)

“Pensé que venían a buscar una plata que debía”, dijo el acusado cuando entraron. Estaba en ojotas. Aseguró que había estado durmiendo y que no tenía nada que ver con el robo. Su amigo también estaba en la casa. Para la Justicia, sin embargo, ese fue un indicio más de que los acusados se estaban escondiendo de lo que habían hecho.

Sobre los perros, “el Chino” afirmó que eran de su tía y que nunca salían. El amigo aseguró lo mismo. Sin embargo, un vecino contó cómo los paseaban todas las tardes. “Los perros eran grandes, eran gorditos, bien alimentados”, dijo la víctima cuando declaró en el juicio. Afirmó que no lo mordieron, pero lo olfatearon. Y que sintió miedo.

Hasta los policías reconocieron que les tuvieron miedo y no se acercaron. Después de detener a los dos acusados, dejaron una consigna en el lugar, aunque no secuestraron a los animales a la espera de que fuera la policía ambiental. “Eran peligrosos. Ninguno de los policías iba a arriesgarse”, explicó uno de los agentes.

El caso llegó a juicio. Las cosas que le habían robado a Mena nunca aparecieron y los perros se convirtieron en una clave del debate. ¿Por qué? Porque la fiscal Laura Batistelli aseguró que fueron usados como “armas” para cometer el robo. No importaba si estaban adiestrados para atacar, dijo. Lo que importó fue que “los sacaban para cometer los robos” y así pudieron “amedrentar y generar una mayor vulnerabilidad en la víctima”.

Según aseguró, un arma es “cualquier elemento que se utilice como medio violento, animado o inanimado”. “Cuando se lanza un perro no se puede establecer la magnitud de agresión del animal, que sí se puede hacer con un arma. Puedo disparar a la pierna de la persona por ejemplo, si hay un revólver. Pero los perros en este hecho fueron un arma impropia, con mucho impacto, mucho más que un golpe con la culata de un arma”, dijo la fiscal.

La defensa, en cambio, lo primero que hizo fue hablar de un allanamiento ilegal, algo que fue descartado por la magistrada porque el padre del joven los había dejado pasar. Pero además el abogado aseguró que no podía considerarse a los perros un arma impropia. Se trataba de seres vivos, con sus propios impulsos, y sus clientes no tenían el dominio absoluto de esos animales. “Los perros en ningún momento mostraron algún grado de agresividad. Sí, es cierto que cuando uno ve un animal de estos le tiene miedo. Pero el impacto que puede haber sufrido Mena es el normal de cualquier atraco y no por los perros”, afirmó el abogado.

A la hora del veredicto, la jueza se inclinó por darle la razón a la acusación. “El arma toma su carácter de tal, no tanto por la materia, sino por la forma y el uso a la cual se destina, siendo necesario además que el instrumento tenga una real aptitud ofensiva”, expresó la magistrada. Precisamente, el dogo y el rottweiler “reúnen las características de perros peligrosos”: pesan más de 40 kilos y tienen “una fuerza mandibular con capacidad de causar lesiones e incluso la muerte a personas u otros animales”, se remarcó.

Según la jueza, “nadie puede poner en duda que dos perros de la raza mencionada con el tamaño, peso y estado general que da cuenta el informe no tengan la idoneidad para causar un daño en las personas, como así también la fuerza intimidante que ambos animales poseen”.

“Los perros fueron utilizados para acometer intencionalmente contra el damnificado y lograr sus fines furtivos e, incluso, asegurarse de sus resultados; puesto que si la víctima no corría luego de consumar el hecho, los autores amenazaron con ‘largarle los perros’, lo cual demuestra que ambos acusados tenían al momento del hecho la posesión y, por ende, el pleno control de ambos canes”, dijo la jueza. Descartó así que lo que pasó haya sido fruto de “un ‘comportamiento natural’ o a las reacciones instintivas de los animales”.

Los condenaron a cinco años de prisión. Tuvieron suerte de que la pena fuera solo por ese hecho. Habían llegado acusados también del robo al dueño de un bar y los golpes que le dieron al empleado que salió corriendo a perseguirlos, pero el fiscal de juicio no encontró suficientes pruebas para responsabilizarlos por esos hechos, por lo que fueron absueltos por esos delitos.

Una postal que quedó del juicio: los perros nunca fueron secuestros. Cuando los expertos de la policía llegaron a la casa, los perros ya no estaban. Los habían ofrecido por Internet. Un hombre respondió el aviso porque después de varios robos los quería para seguridad. “Son perros buenísimos”, aseguró. Eso sí, los tiene atados.


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