El telescopio espacial Hubble de la NASA ha permitido resolver uno de esos misterios astronómicos que permanecían ocultos en sus archivos durante décadas. Un nuevo análisis de observaciones realizadas hace más de 25 años ha encontrado indicios de que una estrella moribunda podría estar acompañada por un planeta de segunda generación, un mundo que habría nacido después de la muerte de la estrella que originalmente formó su sistema.
La investigación, publicada en Nature Astronomy, apunta a la existencia de un posible gigante gaseoso alrededor de la enana blanca HS 0209+0832. De confirmarse, sería un ejemplo extraordinario de cómo la muerte de una estrella podría proporcionar los ingredientes necesarios para crear nuevos planetas.
Un planeta nacido después de la muerte de su estrella.
Los planetas que conocemos en nuestro Sistema Solar son considerados mundos de primera generación. Se formaron a partir del material que quedó alrededor del Sol cuando nuestra estrella nació.
Pero la historia podría ser mucho más compleja.
Cuando una estrella similar al Sol envejece, se transforma en una gigante roja y expulsa sus capas exteriores de gas y polvo al espacio. Al final de este proceso queda atrás su núcleo, una pequeña y extremadamente densa enana blanca.
Los astrónomos creen que parte del material expulsado podría permanecer alrededor de la estrella formando un disco. Con el tiempo, ese material podría agruparse de nuevo y dar lugar a un planeta completamente nuevo.
Es precisamente este escenario el que podría estar ocurriendo alrededor de HS 0209+0832.

Concepto artístico, no realizado a escala, que muestra la evolución de una estrella similar al Sol: desde una estrella joven (1), pasando por la fase de gigante roja (2), hasta convertirse en una pequeña y brillante enana blanca rodeada por un disco formado por sus capas exteriores expulsadas (3). A partir de este material podría formarse un planeta de segunda generación (4). Credits: NASA, ESA y Leah Hustak (STScI)
El misterioso elemento que estaba escondido en los datos de Hubble.
La pista decisiva apareció en observaciones realizadas por el Hubble en 1999. Aquellos datos contenían alrededor de un centenar de características químicas que no habían podido identificarse en su momento.
Años después, el astrónomo Jamie Williams volvió a estudiar los registros utilizando una base de datos química actualizada. Allí apareció una pieza clave del rompecabezas: el niobio.
La presencia de una cantidad inusualmente elevada de este elemento llamó especialmente la atención. El niobio, junto con otros elementos más pesados que el hierro, no se produce mediante la fusión nuclear normal en el interior de las estrellas. Estos elementos pueden formarse en las condiciones extremas asociadas a las etapas finales de la vida estelar.
Para los investigadores, su presencia constituye una importante señal de que el material observado podría proceder de las capas expulsadas por la estrella durante su transformación en enana blanca.
Un gigante gaseoso que podría estar perdiendo su atmósfera.
Los datos del Hubble no son la única evidencia. El antiguo telescopio espacial FUSE (Far Ultraviolet Spectroscopic Explorer) también detectó una fuerte señal de niobio en este sistema.
Además, el satélite TESS observó la enana blanca durante cuatro meses y encontró variaciones periódicas en su brillo compatibles con la presencia de un objeto que la orbita.
El posible planeta se encontraría a unos 6 millones de kilómetros de la enana blanca, una distancia extremadamente pequeña comparada con la que separa a Mercurio del Sol. Los investigadores estiman que podría tratarse de un gigante gaseoso aproximadamente del tamaño de Júpiter.
Sin embargo, este mundo estaría viviendo una situación extrema. La enana blanca todavía es muy joven y caliente, por lo que emite una intensa radiación que estaría arrancando material de las capas exteriores del planeta.
Ese gas podría estar formando una especie de cola similar a la de un cometa, mientras parte del material regresa hacia la enana blanca. Al caer sobre su superficie, estaría proporcionando precisamente las huellas químicas que el Hubble ha detectado en la luz de la estrella.
Una nueva generación de mundos.
Aunque los investigadores todavía hablan de un planeta candidato y no de un descubrimiento confirmado, la posibilidad resulta especialmente importante para comprender la evolución de los sistemas planetarios.
Hasta ahora, la muerte de una estrella se consideraba principalmente el capítulo final de la historia de sus planetas. Este escenario plantea una posibilidad mucho más fascinante: que la muerte estelar pueda marcar también el comienzo de una nueva generación de mundos.
Si el planeta de HS 0209+0832 existe realmente, podría convertirse en uno de los mejores ejemplos conocidos de un planeta de segunda generación, formado a partir de los restos expulsados por su propia estrella.
Y hay una última sorpresa. Aunque actualmente está perdiendo material, los investigadores creen que el planeta podría sobrevivir. Cuando la enana blanca se enfríe, el entorno será mucho más estable y el mundo podría permanecer orbitando a su estrella durante millones de años.
El descubrimiento demuestra además que los archivos astronómicos todavía pueden esconder auténticos tesoros científicos. Una observación realizada por el Hubble hace más de dos décadas acaba de proporcionar una pista que podría obligarnos a replantear cómo nacen los planetas y cuánto puede durar realmente la historia de un sistema planetario.


