From the mayor to the commissioner: Itatí, the town of 6 thousand inhabitants taken over by drug trafficking.
La ciudad correntina, ubicada sobre la orilla del Río Paraná, fue protagonista de una causa inédita que terminó con múltiples condenas. Oficios y palabras claves de una banda que usaba chicos para fraccionar la droga.
Irónicamente, Itatí significa en guaraní “piedra” (ita) “blanco” (ti, término que también puede aludir a “nariz”). Es poco probable que los narcos que usaron el pueblo de seis mil habitantes para traficar droga -especialmente, marihuana y en menor medida, cocaína- sepan el dato que figura en el sitio oficial. Sí conocieron, en cambio, la fórmula para ganar cómplices en cargos claves de este lado de la orilla del Río Paraná: desde el intendente al comisario. Todos amparados bajo el paraguas judicial.
La historia comenzó en 2017, en una Argentina sin pandemia y con otro gobierno a cargo. El Operativo Sapucay de Gendarmería causó gran conmoción en la ciudad que venera a la Virgen. En una silla esposado y en sandalias, Natividad “Roger” Terán miraba al suelo avergonzado, como un chico al que descubrieron haciendo travesuras.
No fue el único detenido en esa jornada que mostró a un macrismo triunfal sobre el narcotráfico, una de las banderas de la gestión. También fueron apresados el vice de la comuna, Fabio Adrián Aquino; el comisario Diego “Negro” Ocampo Alvarenga, un sargento de la Policía Federal, un comandante de Gendarmería y un integrante de Prefectura. Hubo, en total, 37 órdenes de detención. Se incautaron 40 autos, tres lanchas y dos camiones.
Detrás, una organización que llegó a transportar desde Paraguay, vía fluvial, 700 kilos de marihuana en viajes que duraban menos de cuatro minutos. La banda estaba liderada por el “pescador” Carlos “Cachito” Bareiro, en coordinación con Federico “Morenita” Marín, que logró permanecer oculto por tres años en una isla del Paraná hasta que fue capturado en octubre de 2018.
Según pudo determinar la investigación que nació en 2014 en el Juzgado Federal N°12 -en ese momento, bajo la dirección de Sergio Torres- los panes eran distribuidos y comercializados en barrios de emergencia del AMBA. También en Rosario, Córdoba, Tucumán, Chaco, Santiago del Estero y Catamarca.
La causa tuvo el aporte de la Procunar, a cargo del fiscal Diego Iglesias y el auxiliar Martín Uriona. El equipo antinarco del Ministerio Público Fiscal analizó más de 35 expedientes y la incautación de 26 cargamentos de marihuana para desgranar el patrón conductual de la estructura, divido en tres fases: el ingreso, la llegada a Itatí y la distribución al resto del país.
La connivencia de los funcionarios públicos itateños fueron solo un peldaño, aunque necesario. En el pueblo, además, el narcotráfico daba trabajo donde faltaba. La organización contrataba, por pequeñas sumas de dinero, desde “Lancheros”, que trasladaban la carga a islas o lugares de acopio y actuaban como “pantalla”; a “Maleteros” que extraían los cargamentos de las barcazas, a la vera del río, fraccionándolos en mochilas, para llevarlos a pie por el monte a los vehículos dispuestos a los traslados a diferentes puntos del país.
Esos vehículos podían estar estacionados en la Ruta 1 o bien, esperar resguardados en casas de Itatí que funcionaban como centros de acopio. El mismo trabajo que los maleteros podían realizarlo los “escueleros”, menores de edad que eran “arriados” desde las escuelas para cumplir con la labor narco. No era inusual ver a grupos de chicos de 14, 15 y 16 años, corriendo hacía el río cuando la campana marcaba el fin de la jornada educativa.
En este contexto, además del guaraní y el castellano, en la ciudad correntina se escuchaba otra “lengua”: “Surubí” y “Dorados” no hacían referencia a los peces autóctonos, si no a la calidad de la droga y su embalaje. “Corderos”, “caballos” y “patos”, animales para identificar en clave a los panes de marihuana, a los vehículos que usaban para transporte y a los prefectos que vigilaban la costa y no eran parte del esquema.
“Lechugas”, “verdes” y “loros” llamaban a los gendarmes por el color de su uniforme. Por último, los “Chajá”, armados con celulares y motos, que alertaban de movimientos extraños a la banda y recorrían las calles en las que no se veía ni un solo policía. Fuera de los límites itateños, “punteros”, “limpiaban” el camino para tranquilidad de los transportistas.
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